¿CRISIS TRIBUTARIA, DIOSES GRIEGOS O ROMANOS?

FRANCISCO SELAMÉ M. PwC

El Mercurio

En un ambiente marcado por la crisis sanitaria, económica y política, resulta razonable preguntarse si la tributación está también en crisis.

El sistema tributario chileno ha seguido funcionando desde el punto de vista de su cumplimiento y fiscalización y sus operadores, qué duda cabe, han demostrado una capacidad de adaptación y compromiso a toda prueba.

Lo que enfrentamos es más bien una crisis normativa, que se manifiesta de manera muy severa, en diferentes niveles.

En primer término, la incorporación de un impuesto al patrimonio vía constitucional producirá la ruptura de la institucionalidad tributaria actual. Si siguiendo al profesor Atria, una reforma constitucional que es incompatible con normas vigentes, debe entenderse como una derogación, entonces derogará todo el orden tributario constitucional. Suprimiendo las normas de formación de la ley y las garantías de reserva legal, igualdad, no confiscación y no destinación, aunque sea por una vez, se vacía de contenido la Carta Fundamental, se introduce en ella la primera hoja en blanco, y se deja a los contribuyentes en la total indefensión.

Desde el punto de vista legal, ni siquiera se ha resuelto la aprobación de nuevas normas tributarias de emergencia, para enfrentar la crisis económica, y este entorpecimiento evidencia un ánimo de cuestionamiento persistente a la acción del Ejecutivo.

Finalmente, en relación a nuestro sistema tributario ‘permanente’, ya en el 2015, a través de esta columna, expresé que viviríamos una reforma infinita, mientras no fuera entendida y consentida por amplios sectores. Desde esa época solo hemos asistido a reformas que representan las visiones de las casas reinantes, desarmadas en su esencia por las oposiciones del momento, sin acuerdos profundos. Su fragilidad ha quedado en evidencia una y otra vez; y también ahora, en que los mismos que las aprobaron, cuestionan la normativa tributaria en su integridad, para pretender volver a reformarla.

En la mitología griega, ‘Ate’ era la diosa de la fatalidad, que encarnaba las acciones insensatas e irreflexivas. Se asociaba a los errores cometidos por el exceso de orgullo que llevaba a los hombres a la perdición o la muerte. Por su parte, el dios romano Jano, el de las dos caras contrapuestas, que mira al pasado para proyectar el futuro, representa los buenos finales en las acciones de los hombres. En estas alegorías puede llegar a definirse el curso y desenlace de esta crisis.

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