George Floyd, Chile y las señales perdidas

El Mercurio

Por Macarena Navarrete Socia Principal de EY.-

Las imágenes del homicidio de George Floyd en EE.UU. siguen horrorizándonos. No es solo la dureza cruel de la injustificable violencia, es también la desmoralización que nos causa el saber que estos hechos son una manifestación más de la antigua perversión del racismo. Es descorazonador, porque, como ya en 1960 lo dejó entrever Harper Lee en ‘Matar un Ruiseñor’: el racismo es un fenómeno complejo, capaz de expresarse de manera brutal y también en formas más sutiles y casi invisibles, que le confieren un carácter verdaderamente sistémico y estructural.

La problemática del racismo, denunciada tantas veces por intelectuales, dirigentes sociales y políticos, puede llevar a quien lo analiza ‘desde fuera’ a preguntarse cómo es posible que una potencia mundial no haya encontrado las fórmulas y los consensos para proporcionar a sus minorías el trato igualitario y digno que estas merecen; o cómo es posible que quienes toman decisiones no vieron las claras señales de que los efectos del racismo eran una bomba de tiempo que estallaría en cualquier momento.

Las razones son múltiples y complejas: algunos pensaron que la situación de las minorías en EE.UU. es hoy mucho mejor que en los 60, y que el tiempo corregiría las inequidades. Otros, sencillamente, no advirtieron la problemática porque, entre otras razones, las injusticias sistémicas se manifiestan insidiosamente y hasta pueden parecer ‘naturales’, derivadas de las imperfecciones de la ‘naturaleza humana’ y, por tanto, deben ser asumidas con ‘realismo’ y con la ‘madurez’ de la que supuestamente carecen los jóvenes idealistas que marchan en las calles.

Quienes se han detenido a reflexionar sobre las causas subyacentes a nuestro estallido social de octubre de 2019 saben que en Chile no podemos pontificar sobre la inacción de otros ante sus problemas estructurales. También aquí las señales eran claras. Es seguro que, también aquí, la tendencia natural a la inercia y la dificultad de visualizar con claridad las múltiples y sutiles injusticias sistémicas tienen mucho que ver con nuestra ceguera institucional. También es probable que los indiscutibles progresos de nuestro país (reflejados en múltiples indicadores inequívocos) hayan contribuido a pensar que lo menos arriesgado era esperar a que el tiempo siguiera haciendo su trabajo.

El llamado es a la reflexión y la acción, a mirar de frente las dificultades, a tener el coraje de cuestionar lo que hemos hecho, para reconocer lo que está bien y rectificar lo que debe ser mejorado. En resumen, el llamado es a no ser ciego frente a lo que desde afuera todos considerarían evidente.

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