El precio de la prevención

PULSO  07/08/2017

Por Tamara Agnic. La autora es socia KPMG, Advisory-Forensic; ex superintendenta de Pensiones y ex directora UAF.

Si bien son cada vez más las compañías que han ido implementando áreas de compliance, en la mayoría de los casos ellas no fueron acompañadas por un cambio cultural afianzando los principios éticos declarados.

En ocasiones se suele minimizar el análisis acerca de la conveniencia de implementar un sistema de compliance llevándolo a una cuestión de precio, reduciéndolo a satisfacer la inquietud de cuánto vale en términos pecuniarios. Incluso algunos lo consideran como un esfuerzo, una pérdida o sufrimiento que sirve de medio para conseguir algo, de acuerdo con la segunda acepción que nos da la Real Academia de la Lengua Española. Pero, ¿cuál es el “precio justo” de la prevención?

Focalizar el estudio y la conveniencia del compliance a una mera cuestión contable, reducida a costos, pesos o incidencia en la última línea del estado de resultados, a mi juicio, podría incluso profundizar la sospecha bajo la cual se encuentra hoy el empresariado. La reflexión que deben realizar las empresas en esta materia es mucho más profunda y estratégica, porque tiene relación con la sobrevivencia de las mismas.

Si bien son cada vez más las compañías que han ido implementando áreas de compliance en los últimos años, en la mayoría de los casos ellas no fueron acompañadas por un cambio cultural afianzando los principios éticos declarados. Ha quedado demostrado que esta nueva función por sí sola resulta ser ineficaz para reducir la exposición de la compañía al riesgo de fraude y malas prácticas con incidencia directa en su reputación. No basta con tener códigos y manuales aprobados y obtenidos a muy razonable precio que son, a la hora de rendir examen, letra muerta.

Una cultura ética se construye con convicciones, dando el ejemplo en el actuar diario y permanente de la alta dirección, y no sólo con manuales y procedimientos. Ella se mantiene y fortalece con una cantidad de herramientas de prevención, detección y respuesta que componen un programa de compliance diseñado a medida de las necesidades de la organización y que se conecta de manera integrada y coordinada con la estrategia organizacional.

Esta cultura es la que definirá la forma de hacer negocios en la organización, señalando los límites de lo permitido. Sólo una cultura con adecuados valores éticos y tolerancia cero a las conductas irregulares, será capaz de resistir a los múltiples embates de defraudadores internos y externos, que reiteradamente buscarán identificar brechas en los controles, inconsistencias entre lo declarado y lo practicado, debilidades en los sistemas, contrapartes permeables, entre otros, que les permitan cometer actos ilícitos, eludir políticas internas y beneficiarse indebidamente en detrimento de la organización y, por supuesto, en perjuicio de la sociedad toda.

Es esperable que a medida que las leyes locales e internacionales recrudezcan las consecuencias de cometer actos ilícitos y las sanciones sociales sean cada vez mayores, las compañías que cuenten con una arraigada cultura empresarial ética tendrán un intangible que, sin lugar a dudas, representará una ventaja competitiva.

En el Chile de hoy, ninguna industria, organización o empresa, podrá ser sostenible en el tiempo si no hay disposición a invertir trabajo, esfuerzo y recursos en materia de prevención contra la corrupción y una serie de otras conductas consideradas como malas prácticas en el ambiente de negocios.

El gran desafío que tiene la industria en Chile no es traducir el compliance a un precio justo o al mejor precio, sino que permear la cultura organizacional empapándola con la convicción de hacer siempre lo correcto, lo que sin lugar a dudas no tiene precio, pero sí un inmenso valor.

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